
En un recodo del camino desfallece un animal. Su dueño lo ve morir con indolencia; prefiere alimentar a los buitres antes que a ése, un prójimo que desprecia por desconocido, por mal avenido, por diferente. Luego, como un relámpago, resuena el oráculo: dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados.
Fotografía: Orlando D’Elia